Alexander no perdió tiempo. Me esperaba en el estudio a las siete de la mañana. Yo no había dormido mucho. Y por la forma en que él estaba de pie junto a la ventana, con la misma ropa de anoche, dudo que él hubiera dormido nada.
—Tengo un problema —dice, volteándose a verme—. Y necesito saber si eres la solución.
—Pruébame —digo y sé que fue una mala elección de palabras cuando lo veo lamerse los labios.
Este maldito hombre.
Hago como que no ví ese gesto, y él también recobra rápidamente la compostura. Se acerca y me pasa un informe, no muy largo.
—Concejal Sokolov —dice—. Político. Corrupto. Me robó dinero y ahora juega a dos bandos con gente que quiere verme muerto.
Mientras habla voy revisando la carpeta con el perfil del hombre.
—Quiero que desaparezca unas horas —dice—. Que tenga miedo. Que devuelva cada centavo y me diga con quién está trabajando últimamente.
Cierra la carpeta con un golpe seco.
—Sin marcas. Sin rastro. —Hace una pausa mínima—. ¿Puedes hacerlo?
Lo miro. No b