La noche se estiró como una condena de muerte mientras el silencio de la mansión se volvía casi ensordecedor, roto solo por el estruendo metálico de los preparativos que tenían lugar un piso más abajo. Yo estaba sentada frente al tocador, cepillando mi cabello con una parsimonia que rozaba la locura. Mis manos no temblaban, pero sentía el pulso en la punta de mis dedos, una percusión frenética que contaba los segundos hacia mi libertad o mi ejecución. A través del espejo, vigilaba la puerta. En