Kimberly observó a Conall en silencio durante largos minutos, podría haber empezado con la pregunta obvia, y casi instintiva como ¿Con qué derecho la llamas mi Anastasia?, pero se la tragó, porque sabía que, en todo caso, ella era la última persona con derecho a cuestionar a nadie sobre hijos, maldiciones o pérdidas.
Y es que Kimberly había roto la antigua maldición de los Bach, esa que los condenaba a solo tener hijos varones, al traer al mundo a Lucero, pero con el mismo parto, había inaugura