Owen hundía el pie en el acelerador mientras el rugido del motor devoraba el asfalto, a la vez que la desesperación le comprimía el pecho.
—Llama a Javier.
La orden salió dirigida a su teléfono inteligente con un tono tan áspero que el sistema obedeció de inmediato.
Un pitido, dos, tres, cada segundo era una tortura que a Owen le hacía apretar el volante, cuatro, cinco, y Owen golpeó el volante con la palma de la mano, incapaz de contener la ansiedad que comenzaba a consumirlo, porque nunca ant