Javier llevaba diez años sentado al volante para Owen Moore, y diez años eran suficientes para saber leerlo mejor que a su propia familia, sabía cuándo un negocio había salido bien por la forma en que Owen apretaba el nudo de la corbata, cuándo convenía no decir ni “buenos días”, cuándo era momento de ir directo a la cabaña del bosque y cargar el rifle antes de que su jefe decidiera desquitarse con algo que respirara, en esos diez años, lo había visto furioso, satisfecho, sereno, y al borde de