Ava acudió, como cada mañana, a la habitación del cuarto piso, donde Amy dormía hecha un ovillo, abrazada a Timmy, el oso que ya había perdido parte del pelaje en una oreja de tanto manosearlo, la cortina dejaba entrar una luz suave, y la habitación olía a jabón infantil y a algo dulce que Ava ya asociaba con la niña, se sentó en el borde de la cama y le apartó un mechón de cabello de la frente.
—Buenos días, capitana —susurró— El barco zarpa en cinco minutos.
Amy abrió los ojos despacio, antes