La tarde caía lentamente sobre la casa, y un tono dorado bañaba los ventanales del salón principal. Pamela estaba sentada frente a la mesa de roble, revisando las cuentas y la contabilidad de Étoile, cuando un escalofrío le recorrió la espalda. No era la primera vez que sentía esa extraña presión en el ambiente, como si alguien la observara desde algún rincón invisible.
Sus dedos, que hasta hacía un momento se movían con agilidad sobre las hojas de cálculo, se detuvieron. Llevó la mano a la taz