Laura apretó discretamente los labios, intentando mantener la dignidad mientras observaba a su marido enjabonarse el pelo con champú.
«Dios mío, este hombre es puro pecado, parece esculpido a mano».
Pensó ella, mordiéndose discretamente el labio inferior. Sus ojos volvieron a recorrer descaradamente su cuerpo una vez más.
«Fíjate en este dios de ébano… todo mojado, fuerte y mío. Y además tiene esa maldita sonrisa serena de hombre emocionalmente estable. Qué odio».
«Si esa guarra del hospital s