La respuesta de él, fría e impasible, cayó como otro golpe más. Pero, en lugar de derrumbarse, algo cambió dentro de ella. El dolor seguía ahí, quemando, pero empezó a tomar otra forma. Una mezcla de desafío, provocación y una necesidad casi desesperada de arrancarle alguna reacción. Cualquiera.
—¿No rebajarse? —repitió ella, en un susurro cargado—. Entonces dime… cuando me acerco y sientes mi aroma… ¿no sientes nada? —dijo, deslizando los dedos por el cuello de él, con la mirada clavada en la