El silencio que siguió fue casi ensordecedor. Liam se dio la vuelta, el pecho subiendo y bajando, y caminó hasta la ventana sin decir una palabra. Se quedó allí, inmóvil, de espaldas a ella. Con un movimiento lento, abrió apenas una rendija de la cortina, como si necesitara el contacto con el mundo exterior para controlar algo dentro de sí. La luz de la mañana dibujó su silueta en el suelo, y la sombra proyectada en la pared revelaba la tensión que vibraba en cada línea de su cuerpo.
Después de