Edgar retrocedió un paso solo para contemplarla.
—Joder, Laura… —dijo de nuevo, sin filtro alguno.
Volvió a pegar su cuerpo al de ella por detrás, las manos grandes subiendo por las costillas hasta abarcar los pechos por encima del sujetador. Los apretó con firmeza. Laura arqueó la espalda, empujando instintivamente las caderas contra él.
—Negro… por favor… —la voz le salió entrecortada, casi suplicante.
Él soltó una risa baja, esa risa peligrosa que ella conocía tan bien.
—¿Por favor qué, prec