Edgar rodeó la mesa casi sin darse cuenta de que estaba caminando. No pensó. No midió. No pidió permiso.
Cuando llegó frente a ella, no dudó.
La atrajo hacia sí.
No fue un abrazo contenido.
No fue elegante.
No fue bonito.
Fue urgente.
Fue casi brusco.
Sus brazos la envolvieron con demasiada fuerza, como si temiera que se evaporara allí mismo. Como si, si aflojaba un centímetro, volviera a perderla.
Ísis tardó un segundo en reaccionar. Pero cuando lo hizo… se aferró.
Sus dedos se cerraron con fu