En la mansión de Savana, Alex bajaba la escalera ya listo para salir. Vestía de forma impecable: camisa de lino clara con los primeros botones abiertos, mangas remangadas hasta los antebrazos, pantalón de corte perfecto y un reloj caro en la muñeca. El pelo perfectamente peinado, la barba recién afeitada y una expresión cerrada. Como si ni siquiera un almuerzo entre amigos pudiera aliviar el peso que llevaba dentro.
Caminaba hacia la puerta cuando la voz de Savana llegó desde el salón, firme.
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