Olívia parpadeó, incrédula.
—Ahora sí tienes tiempo para hablar conmigo, ¿no, marido? —replicó con ironía, el veneno escapándose en cada sílaba—. Porque hasta hace nada, era como si yo no existiera. ¿Pero adivina qué? —soltó una risa seca—. Ahora la ocupada soy yo. Vuelve a divertirte con tus zorras.
Y antes de que él pudiera responder, cortó la llamada.
El silencio llenó el auto. Ísis abrió los ojos de par en par, llevándose la mano a la boca para contener una risa nerviosa.
—¿Le colgaste en l