En plena madrugada, Alex observaba a Ísis dormir, sentado en el sillón, con el portátil apoyado sobre el regazo. El sueño no llegaba. No después de todo lo que había ocurrido. Ya había visto las imágenes de la pelea tres veces.
Duck, tumbado frente a él, levantó la cabeza, se incorporó despacio y le tocó la pierna con la pata, en un gesto silencioso.
Alex suspiró hondo, se pasó una mano por el rostro cansado y, después, cerró los dedos sobre el pelaje del perro, acariciándolo lentamente entre l