Ísis llevó las manos hasta el cierre del pantalón de él y, sin apartar la mirada, lo abrió con un movimiento firme, deliberado. No había prisa ni delicadeza. Era un gesto de posesión, de control absoluto. Empezó a moverlo con esa cadencia provocadora, juguetona y cruel.
—Vaya… qué duro estás…
Alex estaba al borde de perder el control con aquellas manos expertas. Ísis lo provocaba sin pudor, tomada por una osadía que ella misma apenas reconocía. Lo tentaba sin tregua, jugando con él, rozándolo c