Marcela lo miró fijamente, jadeante. El pecho le subía y bajaba con demasiada rapidez, los ojos brillaban entre rabia e incredulidad. Una sonrisa torcida apareció en la comisura de su boca, más herida que irónica.
—Entonces lo admites… —dijo con voz temblorosa, casi un susurro cargado de veneno—. ¿Admites que estás con ella?
—Aún no —respondió él—. Pero voy a estarlo. —Acercó el rostro al de ella—. Y si intentas poner a mi hija en mi contra o en contra de ella, te quito la custodia de Luna. Te