Laura se quedó inmóvil un segundo. El nombre de él aún resonaba en la sala, demasiado pesado para ser solo una sorpresa.
—¿Edgar? —repitió, ahora más bajo, como si necesitara confirmar que no estaba imaginando.
Él estaba a pocos pasos. No avanzó. No sonrió. Las manos en los bolsillos, el cuerpo rígido, los ojos clavados en ella como si hubiera esperado ese momento durante años.
—Bienvenida a nuestro hogar, mi amor —dijo al fin, con voz baja—. Por fin vamos a poder hablar.
Laura tragó saliva. La