Edgar respiró hondo antes de hablar con la recepcionista, sin apartar todavía los ojos de Olívia.
—Puede retirarse —dijo, en un tono firme—. Yo la atenderé.
La puerta se cerró detrás de la recepcionista. Edgar señaló con un gesto contenido la silla frente al escritorio.
—Siéntate, Olívia. —Se incorporó un poco, acomodándose la bata—. ¿Quieres agua? ¿Un jugo?
—Gracias, Edgar, no quiero nada —respondió con una cortesía contenida.
Ella se sentó con calma. Edgar apoyó las manos sobre el escritorio,