Edgar sintió que se le encendía el rostro. No de rabia, sino de vergüenza. Ella dudaba de sí misma. Y él había pasado años dudando de ella, alimentando odio hacia ella.
Cuando leyó “o tal vez odio más a la adolescente que fui a tu lado”, el estómago se le revolvió. Laura no solo lo odiaba. Se culpaba por haberlo amado.
Se recostó en la silla, respirando hondo.
—Yo nunca quise escalar en la vida a costa tuya… —susurró, como si ella pudiera oírlo.
Pero las palabras ya estaban escritas. Y dolían.