Poco después, Ana se acercó. Su abrazo fue distinto: más suave, más largo, envolvente. Cuando habló, el tono salió bajo, casi demasiado cariñoso para aquel momento.
—Deseo que seas feliz… —susurró—. Feliz de verdad. Con tu amor verdadero.
Al separarse, Ana sostuvo el rostro de Laura entre sus manos por un instante, sonriendo con una ternura sincera.
—Ya eres como una hija para nosotros, Laura.
La sonrisa de Laura apareció entonces, discreta, agradecida… pero sus ojos aún cargaban la tormenta.
L