Alex parpadeó lentamente, provocador.
Ella rió al instante. Una risa ligera, deliciosa, que escapó antes de que pudiera contenerla. Se llevó la mano al rostro, intentando sofocarla sin éxito.
—¡Dios, Alex…! —empujó suavemente la mano extendida—. Tus piropos son horribles.
Él inclinó el rostro, acercándose solo lo suficiente para que ella sintiera el cambio de aire entre los dos.
—No es un piropo —dijo en voz baja, casi ronca—. Solo intento hacerte sonreír. Lloraste demasiado anoche.
La sincerid