Una semana había pasado, pero para Olívia el tiempo no seguía en línea recta; parecía un laberinto donde cada curva la devolvía al mismo punto: la noche que cambió todo.
El recuerdo venía en flashes borrosos, pedazos desconectados, un perfume, un toque, un vacío después. Guardó la virginidad por años, en la creencia de que la entrega sería al hombre que amaba. Pero el destino, cruel y traicionero, la despojó de esa promesa en una suite donde creyó estar con Peter.
Ahora, cargaba las consecuencias: un embarazo inesperado, la ruptura traumática con el novio que juzgaba perfecto y la responsabilidad de ser madre soltera.
El peso mayor, sin embargo, no estaba solo en su vientre, estaba en el corazón. ¿Cómo contarles a sus padres? ¿Cómo enfrentar al padre, hombre de corazón frágil, que siempre la llamó "mi Perla"? El orgullo que él sentía por su hija era tan grande que Olívia temía que la noticia fuera una espada directa en su pecho.
Aquella mañana, se dirigió directo a la empresa. Trabajó como siempre, intentando esconderse detrás de hojas de cálculo y reportes. El mundo corporativo, al menos, le ofrecía el alivio de la rutina. Un lugar donde todavía era vista como la profesional competente, y no como la mujer destruida por secretos.
Cuando volvió a casa por la noche, encontró a su madre sentada en el sofá con un sobre en las manos.
—Hija, llegó invitación de boda de Camila —dijo, entregándole el sobre con una sonrisa.
Olívia la miró, sorprendida.
—¿Cómo que? —murmuró, dudando—. ¿Camila se va a casar?
—Será dentro de tres días —Ana levantó las cejas—. Me pareció extraño que no tuviera el nombre del novio en la invitación.
Olívia tomó el sobre, los dedos temblorosos. El corazón se le aceleró. Camila era su mejor amiga. Habían compartido secretos, sueños, noches en vela. ¿Cómo no sabía de esta boda? ¿Y por qué la prisa, por qué el misterio?
—Qué extraño... —susurró, perdida en pensamientos.
—El amor llega así, atropellándolo todo —dijo Ana, sin percibir el peso de la frase.
Olívia sonrió levemente, pero dentro de ella el frío crecía.
A la mañana siguiente, en Trident Marine, la asistente entró a la oficina de Liam.
—S-señor... —ella tragó en seco—. Estoy haciendo el levantamiento de sus gastos de este mes y... hubo dos registros inusuales en esta tarjeta —Extendió la hoja—. Un gasto alto... y un examen ginecológico.
Él tomó el papel entre los dedos. Leyó. La comisura de la boca se movió un centímetro.
—Manda a investigar —dijo, la voz baja, firme, afilada—. Quiero los movimientos completos de la mujer que usó esta tarjeta. Dónde estuvo, con quién habló, horarios, todo. Para mañana.
Al otro día, Liam recibió un sobre con fotos, registros, reporte, copia del examen.
—El heredero ya existe —dijo, finalmente, en un tono casi satisfecho—. Ahora falta el matrimonio —Los ojos enigmáticos brillaron—. Este involucramiento con prestamistas... —murmuró, frío—. Será el arma perfecta.
Los tres días pasaron arrastrándose. El cuerpo de Olívia parecía más frágil; las náuseas no daban tregua, y el corazón se aceleraba con cada recuerdo. Decidió ir a la boda.
Se vistió hermosamente: un vestido largo azul que resaltaba su belleza delicada, iluminando la piel clara y los ojos azules. El tacón sostenía su postura elegante. El labial discreto suavizó la palidez de los labios, completando la imagen de una mujer deslumbrante, aun cargando el dolor en la mirada. A pesar de todo lo que había sucedido y del silencio frío de la amiga, no podía dejar de asistir a la boda. Después de todo, eran amigas desde la infancia.
El salón lujoso estaba iluminado como un palacio. Flores blancas se esparcían en arreglos dorados, lámparas se reflejaban en copas de cristal, y un cuarteto de cuerdas llenaba el aire con melodías clásicas.
Olívia entró en el momento exacto en que el juez de paz decía las palabras finales:
—Los declaro marido y mujer. Puede besar a la novia.
Olívia levantó los ojos y el mundo se partió.
El novio era su exnovio.
La respiración falló. El corazón se disparó. La imagen parecía una farsa cruel: Camila, su amiga de la infancia, sonriendo bajo el velo; Peter, el hombre con quien soñó construir una vida, inclinándose para besarla.
—Ay Dios mío... esto solo puede ser una pesadilla... —murmuró, casi sin voz.
A su lado, la voz de su padre la despertó del sopor:
—Hija... ¿qué está pasando aquí? —preguntó, confundido y afligido, mirando de Camila a Peter, después a Olívia, como si buscara una explicación imposible.
Los aplausos resonaron por el salón. Las cámaras disparaban flashes.
Había murmullos por todos los rincones, comentarios susurrados, miradas sesgadas, voces que se callaban cuando ella pasaba. No hacía mucho tiempo que era la novia de Peter, y ahora estaba allí, obligada a presenciar su boda. La boda de su ex, de su gran amor, con su mejor amiga. Para Olívia, todo parecía una puesta en escena cruel de la vida, y ella, reducida a mera espectadora, era forzada a aplaudir su propia derrota.
Durante la fiesta, Camila se acercó a ella. La novia estaba radiante en cada gesto, pero el brillo en los ojos no era de amor, era de triunfo.
—Olívia... —susurró, inclinándose cerca de ella, con una sonrisa de triunfo—. Debe doler darte cuenta de que, mientras llorabas por él, yo estaba conquistando todo lo que tú perdiste.
Olívia sintió un nudo formarse en la garganta.
—Camila... éramos amigas —La voz de Olívia salió temblorosa—. Confiaba en ti, te contaba todo. ¿Por qué me hiciste esto?
Las cejas de Camila se levantaron, el tono impregnado de veneno.
—Corrigiendo... nunca fuiste mi amiga —Camila sonrió, cruel—. Solo te soportaba. Esa pose tuya de santita nunca me engañó... en el fondo, siempre fuiste solo una zorra disfrazada de ángel.
Las palabras golpearon a Olívia de lleno, pero intentó mantenerse firme.
—Eres una víbora... —dijo, respirando hondo—. Y la zorra eres tú, que te acostabas con un hombre comprometido.
—Claro —respondió Camila, fría—. Mientras tú negabas sexo y abriste las piernas para un desconocido, Peter gemía mi nombre con placer, cuando yo brincaba sobre él —la voz de ella destilaba veneno.
Los ojos de Olívia se humedecieron. Un nudo en la garganta amenazaba con ahogarla.
—Y pensar que te amé como a una hermana... —dijo, la voz cargada de decepción—. Ustedes dos se merecen.
—Sabes... tengo curiosidad de ver cuál será la reacción de tu papá cuando descubra toda la verdad —dijo Camila, levantando el mentón, victoriosa—. Un señor conservador como él... ¿será que su corazón aguantará?
Olívia sintió las piernas flaquear, el suelo girando bajo sus pies. Luchaba por permanecer de pie, a punto de derrumbarse delante de todos.
Fue cuando sintió una mano firme en su cintura. El toque era seguro, cálido, como un ancla. Se volteó y encontró los ojos verdes de Liam.
Él la jaló hacia sí con naturalidad, inclinó el rostro y depositó un beso suave en los labios de ella, delante de todos.
—Disculpa la demora, querida —dijo en voz alta, para que todos oyeran.