Olívia no respondió, pero el llanto se volvió más intenso, el pecho subiendo y bajando en un ritmo pesado.
—Llora, anda —insistió Ísis en un susurro—. Saca ese nudo que te está sofocando. Nadie aquí te va a juzgar —esbozó una pequeña sonrisa triste—. Y mira... puedes confiar en mí. Sé guardar secretos mejor que recetas —hizo una pausa corta, la mirada firme—. Él no va a saber nada. Si ese es tu miedo. Solo quiero ayudarte.
La voz de ella era una mezcla de levedad y convicción, un equilibrio ra