Alrededor de las diez de la mañana, la mansión permanecía en silencio, iluminada por la luz suave del día. En la habitación de Olívia, las cortinas filtraban la claridad, dejando que solo algunos haces atravesaran el ambiente. Ella estaba sentada en medio de la cama, abrazando las rodillas contra el pecho, el rostro escondido entre los brazos, los hombros temblando con cada sollozo contenido. Lloraba en silencio, como quien intentaba desmoronarse sin hacer ruido.
La puerta se abrió de repente.