Después de que le atendieran el tobillo, Camila volvió al trabajo esa misma tarde.
Por la noche, Santiago la llevó a casa de los Rodríguez.
Ella estaba a punto de abrir la puerta cuando él se adelantó, bajó del carro y fue a ayudarla.
Le tendió una mano.
—Te llevo en la espalda.
—De verdad, no te molestes. Puedo entrar sola —insistió Camila, avergonzada.
Santiago no estaba convencido.
—Ya estamos en la puerta. No me cuesta nada acompañarte hasta adentro. Si te pasa algo por no haberme asegurado