Camila acababa de subir a su carro cuando alguien abrió la puerta del copiloto y se sentó a su lado.
Estaba tan absorta en sus pensamientos que se sobresaltó.
Solo se relajó un poco al reconocer a Héctor.
Él se inclinó hacia ella deliberadamente, acortando la distancia.
Buscó su mirada desde abajo y, de pronto, sonrió.
—¿Tan aterrador soy que ni siquiera te atreves a mirarme? ¿O será que te da vergüenza?
Camila no tenía ánimo para sus bromas.
—Tengo cosas que hacer. Bájate, por favor.
Héctor no