Capítulo 335
En el espacio reducido, la temperatura parecía aumentar rápidamente.

Los grandes ojos de Ana, transparentes y brillantes, sus labios rojos entreabiertos; toda ella parecía una hechicera capaz de embrujar corazones.

Gabriel, ya enamorado de ella, no podía resistirse en absoluto.

Bajó sus largas pestañas, proyectando sombras bajo sus ojos. Su mano, a un costado, se curvó con contención. Sus pupilas, oscuras como la noche exterior, eran insondables.

Con voz ronca, Gabriel preguntó:

—¿Qué pregunta?

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