En el espacio reducido, la temperatura parecía aumentar rápidamente.
Los grandes ojos de Ana, transparentes y brillantes, sus labios rojos entreabiertos; toda ella parecía una hechicera capaz de embrujar corazones.
Gabriel, ya enamorado de ella, no podía resistirse en absoluto.
Bajó sus largas pestañas, proyectando sombras bajo sus ojos. Su mano, a un costado, se curvó con contención. Sus pupilas, oscuras como la noche exterior, eran insondables.
Con voz ronca, Gabriel preguntó:
—¿Qué pregunta?