Laura arrojó todos los cubiertos de la mesa al suelo, y la sopa salpicó, manchando el dobladillo del pantalón de Ana. Lucía, que vigilaba la puerta, se salvó por poco.
—¡Ana! ¡Ya no tienes el respaldo de los Herrera! ¡Si yo fuera tú, mantendría la cabeza baja! ¿Crees que seguirías en Terraflor si Isabella no fuera tan bondadosa? —La imagen pública de Isabella era la de una joven inocente y pura. Después de vagar por más de veinte años, mostraba tal magnanimidad hacia quien le había robado su vid