«Tanta felicidad comprometida nunca se había sentido tan bien», pensaba Cyrus mientras la mañana avanzaba con calma en la empresa, y aunque tenía la pantalla del ordenador llena de informes pendientes, llamadas por retornar y decisiones que tomar, no podía evitar que su atención se desviara una y otra vez hacia la puerta abierta de su oficina. Desde allí, justo al otro lado, estaba Stella trabajando en su escritorio, inclinada ligeramente hacia adelante mientras revisaba documentos, y cada tanto tocándose el cabello de una forma que él encontraba imposible de ignorar.
La veía hermosa.
No… más que hermosa.
La veía plena, radiante, como si la luz que había recuperado dentro de sí se hubiera convertido en parte de ella para siempre.
Cyrus apoyó el codo en el brazo de su silla, reposó la barbilla en su mano y simplemente la contempló. Era como mirar el sol desde una distancia segura: lo calentaba, lo llenaba de vida, pero no lo quemaba.
Y Stella lo sintió.
Levantó la vista despacio,