Stella respiró hondo antes de tocar la puerta del consultorio. Era la misma puerta de siempre: madera clara, una placa metálica con el nombre de la doctora grabado, el mismo aroma suave a lavanda que se escapaba por la rendija. Pero algo había cambiado. O quizá no era la puerta… sino ella.
Cuando empujó y entró, la doctora levantó la mirada desde su escritorio. Sus ojos se abrieron con sorpresa sincera, esa que no se puede fingir ni disimular.
Stella sonrió, un gesto tímido pero luminoso.
—B