Stella respiró hondo antes de tocar la puerta del consultorio. Era la misma puerta de siempre: madera clara, una placa metálica con el nombre de la doctora grabado, el mismo aroma suave a lavanda que se escapaba por la rendija. Pero algo había cambiado. O quizá no era la puerta… sino ella.
Cuando empujó y entró, la doctora levantó la mirada desde su escritorio. Sus ojos se abrieron con sorpresa sincera, esa que no se puede fingir ni disimular.
Stella sonrió, un gesto tímido pero luminoso.
—Buenos días —dijo.
La doctora tardó unos segundos más de lo habitual en reaccionar. No porque dudara… sino porque realmente estaba viendo a una persona distinta.
Stella ya no llevaba los cardigans viejos que parecían prestados de otra vida. Tampoco la falda larga de siempre, ni las blusas sin forma que parecían empeñadas en ocultarla del mundo. Ese día vestía un pantalón negro ajustado que le estilaba las piernas, una blusa verde olivo de tela suave que caía delicadamente sobre su figura y un a