Para Stella, la noche se sentía más silenciosa cuando el coche se detuvo frente a la casa de Louis. Las luces cálidas del porche contrastaban con la humedad fría que aún permanecía en la ropa de Stella, como si todo el peso del día siguiera adherido a ella.
Al bajar del auto, él se aseguró de caminar a su lado, sin alejarse ni un segundo.
—Pasa, hija —dijo en voz baja, abriendo la puerta de su hogar con una suavidad impropia de su carácter habitual, una suavidad que solamente empleaba con e