Javier me llevó a dar una vuelta por la ciudad y, para cuando regresamos a la finca de los Reyes, ya había anochecido.
—Descansa un poco —dijo en voz baja—. Mañana te enviarán el contrato de matrimonio.
Vi su Rolls-Royce desaparecer en la noche antes de darme la vuelta para entrar. Cuando llegaba al porche, una mano salió de entre las sombras y me agarró del brazo.
—No te puedes casar con él.
Era Leonardo.
Me solté de un tirón.
—Lo nuestro se acabó. No tienes por qué estarme tocando.
Dio un paso