Parpadeó seguidamente y sus ojos recuperaron su color natural. El Conde marcó una prudente distancia entre los dos pasando la mano que perforó su labio a la cama, en paralelo a la otra sin apartar su mirada de los ojos de Debora quien era atacada por una suave, pero molesta jaqueca que no la ayudaba en su afán por entender lo que recién acababa de ocurrir y su mano izquierda tanteaba algo que tenía en ese mismo lado sin saber qué era.
-¿Dónde estoy? –Murmuró Debora.
-En mi tribu. –Respondió e