Sonya echó a correr de regreso a la tribu, tropezando con piedras y ramas que entorpecían su huída; y tras de ella, el zafio la custodiaba exacerbándose por los latidos de su temeroso y agitado corazón que latía más rápido de lo convenido, sólo podía imaginar la cantidad de sangre que se drenaría de su cuerpo en cuanto clavara sus colmillos en alguna de sus venas. Flojeó su paso al denotar que estaban muy cerca de llegar a la tribu, no podía arriesgarse a ser visto por el Conde o algunos de sus