Villa Isabella, Montes Sabinos
Una semana después
La carta de Enzo seguía en el bolsillo de Elena, el papel ya gastado de tanto leerlo.
Dante había vuelto a la rutina: reuniones con los capos, llamadas con abogados, visitas al centro de Matteo en Suiza. La vida seguía, como siempre, como si nada hubiera pasado.
Pero Elena no podía olvidar los ojos de Enzo. Esa mezcla de odio y soledad. Ese vacío que había visto tantas veces en otros hombres. En Dante, al principio. En Luca. En Marco.
En ella mi