La mañana siguiente, Alma despertó envuelta en el calor. El cuerpo de Nikolai estaba pegado al suyo, posesivo manteniéndola pegada a su cuerpo desnudo.
Levantó una mano y acarició su barbilla con suavidad, áspera por la barba que iba creciendo. Sus dedos trazaron la línea de su mandíbula, bajando hasta el moretón que aún marcaba su pómulo.
Nikolai dejó salir bajo gruñido, casi perezoso y abrió sus ojos lentamente. Esos grises encontrándose con los azules de Alma.
—Buenos días —dijo ella aun pas