Mundo ficciónIniciar sesiónEstoy en el taxi rumbo al club con Micaela cuando el móvil vibra sobre mi muslo. No le presto atención de inmediato; Madrid corre al otro lado de la ventanilla, luces reflejadas en el asfalto, risas dispersas, el rumor constante de un viernes que recién empieza. Pero la vibración insiste, breve y precisa, como si supiera que no voy a poder ignorarla.
I*******m.
Abro la bandeja de mensajes sin demasiada expectativa… y siento cómo algo se contrae en mi pecho.
Esto tiene que ser una broma.
@BrandonFerran: Hola, ¿cómo estás?
Parpadeo. Releo el nombre. La foto. El símbolo de verificación. El estómago se me encoge como si alguien hubiese tirado de un hilo invisible.
Asli, no seas ridícula, me advierte mi subconsciente. Respira. Esto es una cuenta falsa.
—¿Todo bien? —pregunta Micaela, girando apenas la cabeza hacia mí.
—Eh… sí —respondo demasiado rápido—. Solo respondiendo unos mensajes.
Tecleo con dedos torpes, sintiendo el pulso en las yemas.
@AsliFernandez: ¿Quién eres? ¿Qué quieres?
Envío antes de arrepentirme.
—Todo el día con ese bendito móvil… un día de estos lo voy a quemar —se queja Micaela.
—Tú eres igual o peor que yo, así que no te quejes —replico con una sonrisa tensa.
La pantalla vuelve a encenderse casi de inmediato.
Mi respiración se acelera.
@BrandonFerran: Es bastante claro quién soy, ¿no? Es más… creo que me conoces muy, muy bien. Al menos así parece cuando escribes sobre mí.
El aire se me queda atrapado en los pulmones.
¡Mierda! ¡Esto tiene que ser una puta broma!
Siento cómo el corazón empieza a latirme en la garganta, cómo me sudan las manos, cómo me tiemblan los dedos sosteniendo el móvil. Me mareo un poco, como si el taxi se hubiese inclinado.
@AsliFernandez: Si es una broma, no es graciosa.
Intento concentrarme en cualquier otra cosa: en la música baja del taxi, en la voz monótona del conductor, en el semáforo que acaba de ponerse en verde.
No puedo.
—Amiga, llegamos —dice Mica mientras paga.
—Vale… —murmuro.
Bajo del taxi y el aire frío me golpea el rostro. Me aparto unos pasos del tumulto, buscando un rincón donde no me sienta observada, donde pueda pensar sin colapsar.
La pantalla vuelve a iluminarse.
@BrandonFerran: No es una broma. Si me das tu número de teléfono, te lo puedo demostrar.
Trago saliva.
Esto no puede estar pasando.
¿En qué universo cabe la posibilidad de que Brandon Ferran haya leído mis historias? ¿Y que encima me escriba? ¿A mí?
—¡Asli, vamos! —grita Micaela desde la entrada del club.
—¡Ve entrando, ahora voy! —le respondo, levantando el móvil para que entienda.
—¡No tardes!
La veo desaparecer entre la gente, el guardia revisando su documento, la puerta cerrándose detrás de ella.
Me quedo sola.
Con el móvil ardiéndome en la mano.
Tecleo.
@AsliFernandez: Aquí tienes. Si no eres tú, te bloqueo. Avisado quedas.
Envío.
Y en ese instante soy plenamente consciente de que estoy cruzando una línea que nunca pensé tocar.
No pasan ni cinco minutos.
Vibración.
Pantalla.
Videollamada entrante.
W******p.
—Joder… —susurro.
Me acomodo el cabello con torpeza, reviso mi reflejo en la cámara frontal, respiro como si fuera a lanzarme al vacío… y acepto.
La imagen aparece.
Y el mundo se ralentiza.
Es él.
La mandíbula marcada. La barba prolija de unos días. El gesto relajado, casi divertido. Y esos ojos marrones, profundos, atentos, que parecen observarlo todo con una calma peligrosa.
—Hola —dice, con una sonrisa ladeada—. ¿Ahora sí me crees?
—Ho… hola… —mi voz sale más fina de lo normal.
Aparto la mirada un segundo, como si eso pudiera ayudarme a no hiperventilar.
—No lo puedo creer… sí eres tú…
—Hasta donde sé, sí —responde entre risas—. Asli Fernández. Veintinueve años, cumpleaños el treinta de noviembre. Vives en Madrid, estudiaste gerencia global y eres fan absoluta de la música… ¿me equivoco?
—¿Has leído mi perfil en Inkora? —pregunto, horrorizada.
Su sonrisa se ensancha, y esos ojos marrones brillan con algo parecido a la diversión.
—Tu perfil… y varias de tus historias. La de Abril, la azafata. Esa donde soy básicamente un cabrón y Ania me tiene que perdonar. Y mi favorita… —hace una pausa teatral— la que me caso borracho en Las Vegas.
Se inclina un poco hacia la cámara.
—Debo admitir que soy fan tuyo.
—¡Mierda, m****a, m****a! —me cubro la cara—. ¿Quieres que las borre? ¿Me vas a demandar? ¿Estoy en problemas?
Se ríe, relajado, como si nada de esto le pareciera grave.
—No lo sé… pero si soy honesto, me gustan bastante las aventuras que he vivido en tus historias. Tienes imaginación.
Me río sin saber por qué, nerviosa, incrédula.
—Qué vergüenza…
Me dejo caer en la acera, ignorando el frío que se filtra a través del vestido.
—¿Dónde estás? —pregunta—. Estás muy arreglada.
—Vine a un club con una amiga, pero cuando vi tu mensaje me quedé afuera.
—Interesante… vi tu I*******m.
—¿Y? ¿Parecía una fan psicópata?
—No necesariamente —responde—. Pero creo que me gustaría conocerte en persona. Conocer a la mujer que escribe mis grandes aventuras sexuales.
Siento cómo el calor me sube al rostro.
—¡Por Dios, Brandon! Las borraré, lo juro…
—No —dice con calma—. Mejor dime dónde estás… quizá pueda darte ideas nuevas.
—¿Vas a venir con la policía?
Reímos los dos.
—No creo. En ninguna historia me has asesinado todavía.
—Tus fans me matarían…
—Lo sé. He leído cómo me defienden cuando me dejas mal parado.
Hace una pausa breve, intensa.
—¿Dónde estás?
Respiro hondo.
—Club Monaco.
Su sonrisa vuelve a aparecer, lenta.
—En media hora estoy ahí. No te me escapes.
—No todos los días el personaje de mi fan-fic se sale de la historia.
—Buena respuesta. Espérame.
La pantalla se apaga.
Me quedo mirando el reflejo oscuro del móvil, con el corazón desbocado, sabiendo que acabo de cruzar una frontera de la que no sé si quiero —o puedo— volver.
Y por primera vez, la historia ya no está bajo mi control







