Mundo ficciónIniciar sesiónMil veces me imagino hablando con él, haciéndole preguntas, intentando conocerlo, contándole fragmentos de mi vida que, al lado de la suya, deben parecer la cosa más aburrida del mundo. Pero ahora que lo tengo delante, todo eso se queda corto. Ridículamente corto. Porque no estoy formulando grandes discursos ni interrogantes inteligentes; estoy observándolo beber un sorbo lento de su gin-tonic mientras pienso, con una estupidez casi poética, en lo afortunado que es ese vaso por poder rozar sus labios.
—Entonces… has estudiado gerencia global —dice de pronto, rompiendo el hechizo—. ¿Qué es eso exactamente?
Cruzo las piernas con cuidado, sostengo la copa entre las manos y lo miro fijamente mientras me obligo a recordar que es una persona real y no una fantasía nacida de mis propias letras.
—En realidad hice una maestría en administración de empresas con una concentración en gerencia global —explico—. Me enseñó a tomar decisiones estratégicas, a adaptarme a contextos internacionales. Ahora ayudo a las empresas a entender el impacto que la globalización tiene en la gestión de recursos humanos.
Intento sonar profesional. Segura.
Pero él me observa con una atención que me desconcentra.
—¿Y trabajas de eso?
—Sí. Soy consultora externa para varias empresas —respondo—. Aunque no creo que estemos aquí para hablar de mi vida aburrida.
Él se acomoda mejor en el sofá, estira una pierna con calma y bebe otro sorbo de su trago.
—¿Crees que mi vida es tan divertida?
—¿Acaso no lo es? —replico—. Viajas por el mundo, trabajas de lo que te gusta, ganas bien por hacerlo, no tienes jefe y puedes decidir con más facilidad hacia dónde va tu carrera.
Una sonrisa ladeada se dibuja en su rostro, y en ninguna de mis historias logro describirla con tanta precisión como ahora, viéndola aparecer en tiempo real.
—Déjame contarte mi realidad —dice tras una breve pausa—. Sí, viajo por gran parte del mundo, pero en muchos lugares solo conozco el hotel y el recinto donde doy el concierto. No puedo salir como quiero ni hacer lo que quiero. Trabajo de lo que me gusta, pero muchas veces no puedo sacar las canciones que realmente deseo. La industria tiene reglas. Lo comercial manda, y eso suele jugar en mi contra.
Lo escucho sin interrumpirlo.
—Y sí tengo jefes —continúa—. Managers, publicistas, la discográfica… decisiones que se toman por mí antes de que pueda opinar. Y eso de acceder fácilmente a lo que quiero hacer… —niega despacio— no es tan simple.
Me quedo mirándolo, sorprendida.
—¿De verdad es así?
Mi voz sale baja, casi incrédula.
—Tal y como te lo cuento —responde—. Mis mayores viajes y aventuras las vivo a través de tus historias.
El aire se me queda atrapado en el pecho.
—No creas que somos tan diferentes —confieso—. Las mías también están plasmadas en letras. Las mejores, al menos.
Evito mirarlo.
Hablar con el personaje de tus fan-fics, cara a cara, es una experiencia para la que nadie te prepara.
—¿Hay alguna historia en la que tú seas la referencia de tu protagonista femenina? —pregunta de pronto.
Levanto la mirada, sorprendida.
—¿Pretendes leerla para conocerme?
Sonríe.
—Sería lo justo.
Muerdo mi labio inferior.
—Mi primera historia. Hay cosas de Nicole que son muy mías.
—¿Como cuáles?
—Mis gustos musicales, la ropa, el vino… un poco su carrera, su forma de ver el mundo.
—¿Y su vida amorosa?
La pregunta me corta.
—¿Qué?
—¿Hay algún idiota que te haya roto el corazón?
—Lo hubo —admito—, pero ya no importa. Es algo viejo que no quiero recordar.
Lo miro.
—¿Y tú? ¿Es cierto que te han roto el corazón un par de veces?
—Sí —responde—. Y al igual que tú, no me interesa volver ahí.
Hay un silencio denso entre nosotros.
—¿Y qué te interesa ahora? —pregunto, reuniendo el valor que me queda.
—Salir de esta soledad —dice—. Hay momentos en los que siento que me ahoga. Quiero ser capaz de ser como el hombre que describes en tus historias.
Me quedo inmóvil.
—Brandon… todo eso es ficción.
Sonríe y se desliza apenas por el sofá hasta quedar peligrosamente cerca de mí.
—El drama lo es —susurra—. Las historias de amor no tanto. Creo que soy capaz de enamorarme así.
Su cercanía me desarma.
Me pongo de pie.
—No juegues conmigo.
Dejo la copa sobre la barra.
—No estoy jugando —responde, levantándose también—. Y no te estoy pidiendo que terminemos juntos esta noche. Ni siquiera estoy intentando conquistarte.
—¿Entonces?
—Conóceme. Déjame conocerte. Seamos… amigos.
¿Amigos?
—¿Y por qué yo? —pregunto, alarmada.
—Porque si escribes lo que escribes es porque ves algo en mí que quizá ni yo mismo veo. Y quiero descubrirlo. Además, me parece fascinante ser amigo de quien escribe lo que escribe sobre mí.
Miro el reloj.
3:30 a. m.
—Por hoy debo irme. Ya es tarde.
—Está bien —dice—. Pero tienes mi número, ¿no?
—Sí. Y tú el mío. Llámame cuando puedas. Eres tú quien está ocupado la mayor parte del tiempo.
Sonríe.
—Ha sido un placer conocerte, Asli.
Dos besos.
Firmes. Cercanos. Demasiado memorables.
—Igualmente, Brandon —respondo, respirando hondo antes de salir sin caerme y hacer el ridículo.
Mientras camino hacia la salida, solo una idea golpea mi cabeza con fuerza:
Esto no me lo va a creer nadie.







