Mundo ficciónIniciar sesión[BRANDON]
No sé ni siquiera cómo mirarla sin sentirme un completo imbécil. Estoy sentado a su lado intentando parecer un hombre normal, cuando en realidad me siento como un adolescente que no sabe qué decirle a una mujer que no cae rendida con un simple hola. Quizá ese sea el origen de esta soledad que me acompaña desde hace años: demasiadas noches de sexo ocasional con mujeres que buscan tacharme de una lista, decir que se acostaron con Brandon Ferran, y demasiado pocas personas con las que compartir una buena noticia, una risa sincera, un impulso absurdo por hacer algo romántico sin que nadie lo espere.
No hay nadie. Nunca la hay. Y eso, aunque no lo reconozca en voz alta, empieza a pesarme.
Ella me observa en silencio desde el sofá y su voz me saca del laberinto de pensamientos en el que me meto solo.
—¿Te encuentras bien?
Levanto la mirada y fuerzo la sonrisa más honesta que soy capaz de ofrecer.
—Sí… solo un poco avergonzado por lo idiota que me he visto antes.
Ella se ríe, suave, sin crueldad.
—Todos tenemos momentos así.
Su respuesta consigue aflojar algo dentro de mí. Aprovecho esa pequeña tregua y me acerco más, hasta sentarme a su lado, notando cómo su perfume vuelve a invadirlo todo, cómo su presencia se vuelve demasiado real para ignorarla.
—Si te digo que estoy confundido… ¿me crees?
Se ríe otra vez, esta vez con algo de complicidad.
—No hacía falta que lo dijeras. Se te nota. Pero… ¿qué es lo que te confunde?
La observo con detenimiento. No baja la mirada. No juega a ser inaccesible. Me sostiene los ojos con una naturalidad que no encuentro en nadie más.
—¿Siempre eres así?
Se encoge de hombros.
—Lo que ves es lo que hay.
Niega con suavidad cuando yo lo hago.
—¿Por qué dices que no?
Respiro hondo.
—Porque creo que una mujer que escribe lo que tú escribes tiene expectativas muy altas sobre el amor. Creo que hay más de lo que dejas ver… y, honestamente, me muero de curiosidad por conocer esa otra parte tuya.
Muerde su labio inferior.
Y todo mi cuerpo protesta.
Por favor, no hagas eso.
—Dime algo, Brandon… —dice tras una pausa—. ¿Eres el hombre romántico que aparece en tus canciones o te pareces más a los tipos que describo en mis historias?
Se me escapa una risa nerviosa.
—¿Cuál crees tú?
Me analiza con calma, jugando con sus labios mientras piensa, y juro que ese gesto empieza a gustarme más de la cuenta.
—Basándome en tus fotos, en tus entrevistas… y en cómo me hablas —dice al fin—, creo que no eres especialmente romántico. Me da la impresión de que estás acostumbrado a que las mujeres caigan sin que tengas que mover un dedo. Que la conquista no es lo tuyo… porque no la necesitas.
Aprieta justo donde duele.
—¿Eres psicóloga o qué?
Se ríe conmigo.
—No. Pero he aprendido bastante sobre los hombres.
—¿Y eso cómo se aprende?
—Con experiencia —responde—. No siempre buena.
La escucho con atención cuando me habla de años de insistencias incómodas, de hombres que confunden interés con derecho, de aprender a leer gestos, intenciones, silencios. Su tono es tranquilo, pero detrás hay algo más pesado.
—Pero no te escapes —añade—. Dijiste que estabas confundido. Todavía no me dices por qué.
Trago saliva.
—Porque no sé a quién tengo sentada a mi lado. No sé si eres alguna de esas mujeres con las que me inventas romances… o alguien completamente distinta.
—¿Y tú crees que tengo algo de ellas?
—Creo que tienes un poco de todas.
Se ríe.
—¿Eso es lo que hizo que me escribieras? ¿Te atrajo alguna de las mujeres que invento?
—¿Y tú? —le devuelvo—. ¿Te atrae el hombre del que escribes?
Nos miramos.
Sonreímos.
—¿A qué quieres jugar, Ferran?
Su tono me invita a acercarme.
—Dímelo tú.
Me inclino un poco más hacia ella.
—Me gustan muchas de las mujeres que describes… pero ahora mismo no tengo delante a ninguna de ellas. Te tengo a ti. Y si soy honesto… me pareces guapísima.
—¿No se suponía que no intentabas conquistarme?
—Puede que me haya mentido.
—Eres un tramposo.
—Y tú peligrosa con tus palabras… con tu mirada.
La distancia desaparece.
No lo planeo.
Simplemente ocurre.
Mis labios encuentran los suyos.
Al principio es lento, contenido, como si ambos estuviéramos comprobando si esto es una idea horrible… y aun así ninguno se aparta. Le tomo el rostro con cuidado, profundizo el beso, dejo que la tensión que llevamos acumulando desde anoche estalle en algo inevitable.
Se separa apenas para respirar.
—Brandon…
—No digas que fue un error.
Ella niega.
—No es eso… es que no quiero ser tu capricho.
Apoyo mi frente en la suya.
—¿Y si no lo eres?
—Esto no funciona como en mis historias —responde—. No vamos a descubrirlo en una cama.
Se me escapa una risa baja.
—¿Entonces qué propones, mujer de labios peligrosos?
—Que nos conozcamos. Que veamos qué es esto. Si solo quieres sexo, me voy.
La miro.
Y por primera vez en mucho tiempo no quiero fingir ligereza.
—Conozcámonos. Sin trampas.
—Me parece justo.
—¿Te puedo invitar a cenar mañana?
Se ríe.
—Tienes prisa.
—Tengo urgencia por saber qué serás en mi vida.
Sus ojos se abren un poco más.
—Hablas mejor de lo que esperaba.
—Hay muchas cosas que no sabes de mí… pero irás descubriéndolas.
—Supongo que sí —dice mientras se pone de pie—. Y supongo que es mejor que me vaya antes de que me convenzas de quedarme.
—Te veo mañana. ¿Te paso a buscar a las ocho?
Toma un bolígrafo y escribe en mi mano.
—Esta es mi dirección. Llámame cuando llegues o mi amiga Micaela hará un anuncio público de tu visita.
Me río.
—Lo haré.
La veo marcharse.
Y por primera vez en años, mi subconsciente no grita advertencias… susurra.
Brandon Ferran… acabas de meterte en algo serio.
Y no quiero dar marcha atrás.







