La mañana llegó sin luz.
Catalina despertó al sonido de pasos en el corredor. Botas pesadas, varios guardias. Se detuvieron frente a su puerta.
Se incorporó despacio, el cuerpo rígido y dolorido. El mapa seguía oculto bajo su camisa, pegado a su piel. Sentía los bordes del papel cada vez que respiraba.
La cerradura giró y la puerta se abrió de par en par.
Tres guardias estaban allí. El del frente señaló con su rifle. —Ven.
Se puso de pie con cuidado, una mano apoyada en la pared. —¿Adónde vamos