Oswald bajó las escaleras con pasos pesados, la respiración tensa, las manos apretadas en los bolsillos. Apenas llegó al despacho, tiró el saco sobre el sofá y apoyó las manos sobre el escritorio, conteniendo una maldición.
—¡Por qué tiene que ser tan obstinada! —gruñó entre dientes, caminando de un lado a otro.
Sus pensamientos eran un torbellino: culpa, enojo, miedo.
No entendía si lo que lo consumía era la insolencia de Gwen o el hecho de que la estaba perdiendo poco a poco.
—No eres su padr