Mundo ficciónIniciar sesiónAlys Moore
Su aroma era embriagador. Su sola presencia me atraía de tal manera quería estar más cerca de él. Era tan bello que no podía apartar mis ojos de los suyos y de repente todo se detuvo a nuestro alrededor, era como si solo nosotros dos existiéramos en ese lugar y pasó: nos fuimos acercando cada vez más, y... ¡nos besamos! El contacto inicial fue dulce y tierno, pero luego fue aumentando la intensidad y se volvió profundo, apasionado; casi adictivo. Nuestros labios se fundieron como si estuviésemos hechos el uno para el otro. Permanecimos abrazados al ritmo de la música, de vez en cuando sus labios rozaban mi mejilla, cada contacto encendía una chispa por todo mi cuerpo. Mire de reojo hacia donde estaba Maya, ella nos observaba con una gran sonrisa y levantó su pulgar en señal de aprobación. El resto de la noche tuvo un toque especial. Cuando llegó el momento de partir, Maya y Dilan salieron juntos. —Amiga ya nos vamos —manifestó Maya. ¿Quieres que te llevemos a casa? —Tranquila, amiga, Abel se ofreció a llevarme a mi apartamento —respondí. Caminamos al auto de él, mis pasos eran torpes, estaba aturdida por el alcohol, él me ayudó a subir al asiento trasero y se sentó a mi lado. Le di la dirección a su chófer y, vencida por el cansancio, me quedé dormida con la cabeza reposando sobre su hombro. Aparcamos en el complejo de apartamentos y Abel tocó mi hombro para despertarme. —Preciosa, ya llegamos —me dijo. Yo estaba tan ebria que casi no podía caminar, entonces me tomó en sus brazos a modo novia y presionó el botón del ascensor. —¿Cuál es tu piso? —me preguntó. Le respondí y subimos al ascensor, cuando este se detuvo; le dije que me bajara que podía caminar sola. Él me colocó en el piso con sumo cuidado, pero al notar que perdía el equilibrio, tomó firmemente mi brazo y caminamos hasta la entrada de mi apartamento; introduje la clave de acceso y lo invité a pasar. Él me escoltó suavemente hacia el sofá y se despidió para irse. No sé porque, pero no quería que se fuera, de repente todos los recuerdos se arremolinaron en mi mente: la traición y todo lo vivido en ese lugar me hicieron revivir viejas heridas y no quería estar sola. Tomé su mano y le dije en un sollozó: —¡Espera! No te vayas. Abel se sentó a mi lado y le conté todo lo sucedido. Como mi ex novio y mi amiga —quien también era mi compañera de piso— me habían traicionado en ese mismo lugar. Él solo me miró y me consoló con un cálido abrazo, al sentirlo tan cerca mis labios buscaron instintivamente los suyos, nos besamos apasionadamente hasta que él me apartó. Definitivamente tenía más autocontrol que yo, Me agarró por los hombros y me miró fijamente. —¡Espera! Estas, ebria. Yo quería seguir besándolo, así que puse mis brazos en su cuello y lo abrace. —No te vayas —susurré en su oído. —¿Estás segura de ésto? ¿De verdad quieres que me quede?—me preguntó y asentí con mi cabeza. ABEL LENOX Quedé hechizado por semejante hermosura de mujer. Mis amigos y mi asistente me miraban atónitos; esa noche hice cosas que jamás en la vida imaginé que haría por una mujer. El impacto que ella causó en mí fue tan grande que llegué a los golpes con un tipo —que resultó ser su exnovio— solo para defenderla. Después, en la pista de baile, nos besamos sin importar las miradas indiscretas de los presentes y hasta la llevé en brazos a su apartamento. En ese momento, yo era alguien totalmente distinto al CEO frío y distante de siempre. Ese hombre que sólo se enfocaba en trabajar y hacer negocios, entrenar en el gimnasio y salir eventualmente a beber algunos tragos en el club con amigos de había evaporado. Solo ella, Alys Moore, tiene ese poder sobre mí. Al llegar a su apartamento nos volvimos a besar, su belleza era simplemente impactante. Mi autocontrol no iba a durar mucho tiempo si seguíamos así, me despedí dispuesto a marcharme para no sobrepasar los límites, pero ella me pidió que me quedara. —Me siento sola, por favor quédate —dijo con esa mirada que debilitó todas mis barreras—. Y me contó lo que el canalla de su novio le hizo con su mejor amiga (quería tenerlo enfrente para partirle la cara nuevamente). —¿Estás segura de querer que me quede contigo? —pregunté sin vacilar y ella asintió con un leve rubor tiñendo sus mejillas. Fue entonces cuando todo sucedió, nos besamos apasionadamente, nuestro cuerpos anhelaban más el uno del otro y, poco a poco, la ropa comenzó a desaparecer. La guié hasta la habitación y la recosté sobre las sábanas. Ella me miró con deseo, pero aún así le pregunté si quería seguir y me respondió que sí. Los besos se intensificaron y las caricias recorrieron cada centímetro de su piel. Cada roce enviaba ráfagas de placer y al hacerla mía un leve gemido salió de sus labios, luego se estremeció y en su cara había un gesto de dolor; me contuve un poco y baje la intensidad, la miré a los ojos y le pregunté: —¿Es tu primera vez? —Si —respondió ella en un susurro entrecortado. En ese instante sentí una felicidad inmensa, saber que era su primer hombre me hizo cambiar el ritmo haciéndole el amor con cuidado absoluto para no hacerle daño. A partir de ese momento ella se convirtió en mi princesa, esa noche la hice mujer y una idea se fijó en mi mente, nunca más la dejaría ir de mi lado. Nuestro primer encuentro íntimo fue maravilloso, nos entrega en cuerpo y alma hasta que el cansancio nos venció y nos quedamos dormidos en un abrazo bajo las sábanas. Esa noche marcó el curso de una historia que acababa de comenzar, donde dos almas se entregaron sin reservas en una pasión inolvidable.






