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4. Un defensor impresionante (2)

Alys

Brandon me sujetó rápidamente de la muñeca, traté de liberarme pero su agarre se hizo más fuerte.

—¡Suéltame! —le grité, pero no lo hizo.

Estaba frustrada y rabiosa; discutimos mientras forcejeaba para que me soltara. Pero no lograba nada. El es más fuerte y alto que yo; además había bebido mucho y estaba un poco mareada. Intenté golpearlo en sus partes sensibles porque practico defensa personal, pero neutralizó todos mis movimientos; él también tiene entrenamiento en defensa y combate.

Me abrazó por la cintura y pegó su cuerpo al mío; mi espalda chocó con la pared. Sin embargo, seguí luchando y grité más fuerte pidiendo ayuda. No quería estar cerca de ese descarado, todo el amor que un día sentí por él se acabó el día que lo encontré en la cama con Sara.

Pretendió besarme a la fuerza, mientras me decía:

—Cariño, por favor perdoname, lo de Sara fue un error. Yo te amo a ti.

Logré soltar una de mis manos y le dí una bofetada, pero volvió a sujetarme, mi respiración se volvió errática. Mi pecho subía y bajaba. Estaba molesta y abatida; mis ojos ardían y algunas lágrimas se asomaron. No eran lágrimas de dolor; era impotencia, estaba furiosa por no poder liberarme de su agarre.

En ese preciso momento alguien lo apartó de mí y le asestó un golpe en la cara. La voz de mi salvador salió como un trueno y le ordenó:

—¡Apártate de ella!

Enfoqué la mirada en el hombre que me estaba defendiendo. Era alto, esbelto y de hombros anchos; su presencia era intimidante, casi feroz. Brandon es alto y fornido, de buen parecer, pero no se comparaba con ese hombre. Él era simplemente hermoso. Sus ojos, su cara, su cuerpo. Era el sueño de cualquier mujer y estaba ahí, defendiéndome a mí como un caballero de armadura brillante.

Le propinó unos cuantos golpes más a mi ex y le indicó a otro hombre —quien llegó un momento después— que lo sacara de ahí. Parecía ser su guardaespaldas o algo así. Brandon, furioso, le gritó:

—Este es un problema entre mi novia y yo. Será mejor para ti, que te mantengas al margen —le mintió diciendo que todavía era su novia.

El hombre me miró a los ojos y me preguntó:

—¿Es eso cierto?

Yo, me quedé embobada, no podía apartar mi mirada de sus ojos —eran azules, tan intensos, tan profundos y simplemente cautivadores—. Estaba perdida en su mirada. Él me preguntó de nuevo si estaba bien. En ese instante volví en sí y le respondí:

—Sí, estoy bien. ¿Y sabes qué? Brandon no es mi novio; él es mi exnovio.

Le di las gracias con una sonrisa, y él me sonrió fugazmente diciendo:

—No es nada, es un placer ayudar a una chica tan linda como tú.

Me preguntó nuevamente:

—¿Seguro estás bien? Si quieres puedo llevarte a tu casa.

—No es necesario —le respondí—. Estoy con mi amiga y su novio, ellos me pueden ayudar.

Él estuvo de acuerdo y me acompañó mientras buscaba a Maya y a Dilan, pero no los pude encontrar. Mi teléfono se cayó al suelo durante el forcejeo y no había querido encender; así que no pude llamarlos, debian estar muy preocupados por mí.

No sé porqué, pero estar al lado de ese desconocido me daba paz y seguridad. En ese instante me di cuenta que ni siquiera sabía su nombre, así que le pregunté cómo se llamaba.

—Mi nombre es Abel —respondió, y estrechó mi mano.

Me propuso intercambiar nuestros contactos, pero como mi teléfono aún no encendía, me anotó su número en una servilleta y me lo entregó. Luego me ofreció su celular para llamar a mis amigos, y así lo hice; le conté lo sucedido a Maya y le notifiqué que estaba bien.

Maya y Dilan me encontraron y seguimos disfrutando de la noche: tomamos algunos tragos más, bailamos y reímos. Esa era mi noche de liberación para olvidar la traición y el dolor. No soy una chica fiestera, mucho menos irresponsable, pero ese día quería olvidar lo malo y disfrutar... solo eso, ¡disfrutar y olvida!

Mientras estaba bailando al ritmo de la música, un chico se acercó demasiado y, poniendo su mano en mi cintura, dijo:

—Hermosa, ¿bailamos?

Inmediatamente, unos brazos fuertes me envolvieron y me encontré bailando con el caballero de brillante armadura, el mismo que me había defendido esa noche. Su aroma era embriagador, una mezcla de lavanda y cedro que impregnó mis sentidos, y su cuerpo lucía tan perfectamente esculpido, con esos pectorales firmes y esa mirada que mata.

Rodeé su cuello cuando comenzó a sonar esa música lenta y romántica, y nuestros cuerpos se juntaron en perfecta armonía. Y allí, abrazados, nos perdimos en el fulgor del momento moviéndonos al ritmo de la balada.

Nuestros ojos se encontraron y me sentí muy atraída por él. No sé si era por el alcohol o un hechizo, pero se sentía bastante bien.

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