Mirando alrededor del centro penitenciario, María Fernanda no podía creer que en unos 45 minutos aquellas celdas iban a llenarse de inocentes y culpables. Los guardias ya estaban allí, tomando sus posiciones para servir en ese nuevo centro. María Fernanda caminando de un lado a otro, con dos guardias a su lado iban anotando las sugerencias que hacía para que funcionara mejor.
Desde fuera podía ser vista como una mujer fuerte y diligente, que estaba allí para castigar a los presos, pero en su in