—¡Entra! —sonó la voz de Stefan, así que María Fernanda entró.
En cuanto sus ojos se posaron en aquel hombre de ojos verdes, consiguió sonreír. Lo que había pasado en el centro penitenciario había golpeado más fuerte de lo que ella hubiera esperado.
—¡Mi hada! —Se acercó a ella y la abrazó.
—Stefan.
—¿Cómo estás? Ya he visto que el centro penitenciario ha recibido a sus primeros presos. Va a ser duro, ¿verdad? ¿Manejar a ese tipo de gente?
Fernanda sólo lo miró pero decidió no decir nada más. —