El sonido de la puerta cerrándose marcó el final de la conversación. Leonardo permaneció en su despacho, la habitación quieta, apenas iluminada por la luz tenue que se colaba entre las cortinas. No se movió, ni siquiera cuando escuchó los pasos del abogado alejándose, como si en su mente todo hubiera quedado suspendido en el aire, flotando entre el dolor y la incertidumbre.
Había sido un acuerdo sencillo, práctico, algo que muchos habrían considerado como la opción más razonable. Un año de sepa