El sol comenzaba a descender en el horizonte, tiñendo el cielo de tonos anaranjados y rosados, mientras Isabela caminaba descalza por la playa. La arena tibia acariciaba sus pies y el sonido del mar llenaba el aire, calmando momentáneamente su mente inquieta. Había escapado de la sofocante realidad de su vida con Leonardo, buscando un respiro, pero cada ola que rompía contra la orilla parecía llevar su nombre.
“Leonardo…” murmuró en voz baja, como si al pronunciarlo pudiera deshacerse del peso