Leonardo Arriaga caminaba de un lado a otro su habitación, sus manos temblaban de furia e impotencia. Había dinero, poder, conexiones, pero en ese momento nada de eso le servía. Isabela no estaba. No había rastro de su esposa. Sus investigadores estaban rastreando cada posible ubicación, pero hasta ahora, todo era un callejón sin salida.
Tomó su teléfono y marcó el número de su hermano. Darío contestó al segundo timbrazo.
—Leonardo, dime que la encontraste.
—No hay rastro de ella, Darío —su