El sol de la mañana se filtraba por los ventanales de la Mansión Arriaga mientras Isabela amamantaba a Leandro en la tranquilidad de su habitación. El pequeño se aferraba con fuerza a su madre, mientras ella acariciaba su cabecita con ternura. Todo parecía en calma, hasta que el sonido del timbre interrumpió la armonía del momento.
La ama de llaves se apresuró a abrir la puerta y se encontró con un grupo de hombres vestidos de traje negro, con placas de identificación reluciendo en sus solapas